TU NIÑA...
Orlando Luis
Pardo Lazo
Infinitamente más lúcida, más siglo XX, menos cobarde
que él.
Infinitamente más bella, más puta, menos reaccionaria
que ella.
Infinitamente mejor que él e infinitamente mejor que
la mujer con que se matrimoniaría por miedo.
Era una Virgo de 17 años, una virgen latinoamericana
(no por gusto se llama María), una visión de las suculentas selvas de Guatemala,
popol-vahgina mártir de amor. Firmando en exclusiva para un José Martí
veinteañero como nunca nadie en el mundo se iba a atrever, como nunca nadie lo
poseyó: Tu niña...
"Tu niña", casi el título de una novela
inescrita, inescribible. Era la hija de un general. Era la hija de un
presidente. Quetzal que quizás debió ser la Eva de la entonces desconocida
nación cubana (de la incluso hoy irreconocible nación cubana). Pupila que desde
su pupitre se entregaba abierta en alma y carne, para que se la tragase y luego
la pariera el torrentoso profesorcito Martí. Para que le partiera su vida en un
antes y un después de él. Para que se la partiera a secas, a húmedas.
María García Granados, cristalización del tiempo y
apócope de la verdad. No necesitaba ella de la grandilocuente oratoria de él. Le
bastaba con saber mirarlo (minarlo) sin demagogia de adultos, ni deleite de adulterados,
ni delito de adúlteros (y esto último Martí siempre lo fue: para colmo de
calamidades, entre la culpa y la represión). Sólo ella supo el milagro genésico
de salvarlo de sí, de impedir a tiempo, con la independencia de sus dos
corazones inconcebibles, que se extendiera entre ambos la noche de las mil y
una muertes que vino después (que vendrá todavía después).
Estoy seguro que se acostaron. Estoy seguro que lo
hicieron de pie. En una escena pulcrísima de río, con una luz epifánica
(epifálica), bajo la canopia copiosa como un ovario que cubrió los cielos del
istmo (esclavismo, abolicionismo, autonomismo, reformismo, anexionismo,
colonialismo, independentismo, imperialismo, republicanismo, liberalismo,
conservadurismo, capitalismo, sindicalismo, socialismo, comunismo).
Estoy seguro que en semejante paraje se singaron más
solos que la primera pareja del mundo, sin violencia y sin ansia, sin vorágine
ni vileza (aunque luego la arquetípica bondad martiana no haya sido más que
eso: dualismos despóticos donde democráticamente cabemos todos, a la par que no
cabe nadie sino él, Él). Tiene que haber sido una cópula en más de un sentido
asexuada, sin géneros (la niña-hombre que pudo ser ella clavada en medio de su eje
espiritual por la mujer-niño que siempre fue él): Martí y María, machihembrados
al margen de la historia de la humanidad contada por sus tan tétricos tribunos
(y en uno de los más patéticos terminó convirtiéndose él).
Estoy seguro que fue en ese mismo río donde ella iría a
tuberculizarse la primavera próxima, cuando él impotentemente traicionó esa
libertad de pájaros procreadores, a cambio de un lecho de leches cortadas en la
inquina íntima de toda alcoba matrimonial.
Martí la mató impunemente. Peor: la forzó a matarse
desde su insolente inmunidad diplomática. Dos décadas decadentes después, él
repetiría la misma fórmula de María con la patria que se inventó a falta de
gentes reales a quien amar. Los apóstoles son eso: instigan por mero instinto
de desaparecerse después. Fundan sólo para fundirse y fugar a la hora de la
verdad. Y, en lugar de cuerpos cómplices de ser contemporáneos, dejan a cambio poemitas
oportunistas con rima de dos por tres, prosodia de cumpleaños (memorizable por
los niños y niñas que no son literales, sino apenas la esperanza literaria del
mundo), versos de lo pacato a lo perverso, escritos en la madrugada mezquina de
espaldas a su cónyuge por convicción, quién sabe si por conveniencia.
En fin, el joven José Julián eligió la palabra y no la
persona. Ideas antes que vidas. La crónica del crimen: su contemplación en
silencio, que es más cobarde que cometerlo (la retórica y no la redención). Acaso
se consideraba demasiado grande para tener algo pequeño que hacer (y María era
pequeña a pesar de ser tan alta, pequeñitota, meñiquisísima: porque tu niña... es también la promesa de
nunca crecer).
Ahí quedó, con su epitafio él se hundió de estrofa en
estrofa como ser humano con luz de futuro. Ahí quedó, cero humano opaco con su
traje ingrávido y su calva de calvario, de incontables cadáveres en claustros
de mármol, que en pleno siglo XXI seguimos ocultando en el closet de aquella
Revolución. Tal vez por eso el joven Martí y Pérez no mereció dejar
descendencia fecunda (voló como Matías Pérez, en genio y genes), pagando su discursivo
don de impotente con el estigma de la esterilidad. Desamor con desamor se paga.
Desamor con desamor se patria.
Perdónalo, María, porque él sabía demasiado bien lo
que no hacía.
