El Día del Orgullo Gay en Cuba debería celebrarse como el
Día del Murmullo Gay. Entre miles y miles de magnificentes maricones y deslumbrantes
lesbianas, entre miles y miles de gente plurisexual y en privado muy libre, a
la calle no consigues sacar ni tres. Ni siquiera para darse un beso en el
traspatio triste del MININT, rodeaditos de vejetes espías, acaso ya retirados de
quién sabe cual organización militar, más la aburrida prensa extranjera que
asume (por ingenuidad o ignorancia) que en Cuba aún son posibles las noticias.
No es culpa de los movimientos LGBT en la Isla, sea esa parodia
patrocinada por el Hetero-Estado o sean las micro-facciones underground que
culipandean en contra de su vocación totalitaria. No es culpa de cada uno de
nuestros cuerpos crispados que se esconden para escapar del asco de la
autoridad. No es culpa de nuestros orgasmos al margen de toda organización. No
es culpa de nadie. Y es culpa de todos, que no nos hemos sabido narrar con la
belleza que amerita nuestra barbarie. Que no nos atrevemos a discursear desde
la debacle y propiciar la polémica (así sea como performance) al aire preso de
nuestra ciudad.
¿De qué derechos puede presumir un país sin protagonistas?
¿Quiénes son nuestras minorías? ¿Cuáles son sus caras o sus máscaras? ¿Cómo
lucen o caminan o presumen o cortejan o se tocan los genitales con gesto infame
o naif? ¿En dónde hablan, para quién, con qué lenguaje de cautela o
cauterizaciones? ¿Qué han vivido en tanto supuesta sucesión de generaciones y
comunidades? Nada. Somos atomitos atragantados de un socialipsismo obsoleto, incapaces
de corear una consigna contestataria, de levantar el puño en público a la par,
de paralizar el tráfico unos minutos, de tomar la más insignificante
institución.
Somos nada. Estadísticas inerciales de una dinastía
castrense, castrante, cansada. Estamos habitando el vacío inverosímil de una
biografía ajena, donde todo todo todo está marcado por la paranoia anexionista
de un perenne Premier paleolítico, de un Vice-nadie que no lo sobrevivirá, y de
un manojo mezquino de ministros mercenarios que, cuando se vean solos tras su
buró, sin la protección de la muerte política a nombre de la Revolución, saldrán
en estampida a salvarse por encima de nuestros cadáveres, por encima de la
memoria mancillada de los que nunca fuimos nosotros, los parias patéticos de la
patria. Y entonces quedaremos a solas con la invisible inteligencia inicua que
norcoreanarizá a Cuba con tal de quedarse ellos con todos los objetos y
movimientos de este país.
No hubo Revolución, pero tampoco habrá Transición. Sólo
susurros. Teatro de ciudadanos sin gremio. El primero que alce la voz estará
poniendo su cuello en el patíbulo. Nos vamos a matar generosamente, esa es la
única industria en Cuba que siempre prosperó: el linchamiento legal del otro.
Tienen razón los miles y miles de maricones inmarcesibles
y lesbianas sin pedigrí de la tarde ayer. El único StoneWall que habrá en Cuba
será para lapidarlos. No salgan a la calle. Cuídense. Cucarachéense, como hasta
ahora y hasta el fin de los históricos. Consigan sus permisos de viaje y de
cut-and-paste genital en el CENESEX. Puedo verlos viejos y verdes en la Misa
Católicomunista por el Centenario de la Revolución, en la mañanita del primero
de enero de 2059.
Cada pueblo tiene la pobreza pedestre que se merece.
Bésense a solas. Besen sus labios ilegibles en el espejo
del baño. Salgan del closet, pero no en plena calle. No olviden citar a los
corresponsales de la prensa acreditada en La Habana.
De no ser mucha molestia, no me involucren. Los ángeles también
somos minoría, aunque no tengamos sexo. Y exijo, al menos por escrito, mi
derecho de no contemporanizar con fantasmas.
1 comentario:
¿Transición? ¿de que a que? si apenas saben que existen.
Un pueblo idiotizado por el sol, el mal, el mar y las visas, no despierta con un paseo por el Prado.
Ni con cuatro mujeres con una sábana pintada de protesta en las escalinatas de la Universidad. Ni con otras dos y sus dos cazuelas, ni con vestigios de fuegos artificiales en el horizonte del malecón habanero, ni con blogs personales, ciegos e invisibles, ni con cartelitos coloridos ni con paqueticos de miserias mandados desde el exilio.
Ni con performances ni pinturitas ni poemas con códigos a descifrar.
No hay ni va a haber un príncipe que nos despierte con un beso, tenemos los labios podridos de tanto mamársela al tirano.
Sin permiso a comunicarnos y a organizarnos, nunca podremos dar el primer paso fuera de ésta pesadilla.
Permiso si...y lo pedimos con ladriditos de chihuahuas pacifistas jau jau jau.
Tenemos que aprender a ladrar bien, a morder, a destripar en vivo y en directo.
Vamos a ver si nos dan permiso.
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