
LAS VENTAJAS DE NO TENER CABLE
Orlando Luis Pardo Lazo
Circula en Cuba un video "bajado del cable". Es un cassette VHS, uno de esos objetos conservados milagrosamente sin moho desde la paleohistoria fílmica del siglo XX. Una cinta analógica grabada no en la Cuba física, sino en esa otra Cuba mediática que prospera y espera en Miami. Un programa al parecer en vivo que funcionaría mejor como museo free/gratis de los usos abstrusos que incuba nuestra televisión.
Se trata del Canal 41 de la Florida, USA: son los Arrebatados de América TeVé. Fecha: primer lunes del último mes de 2008. Un negociante del barrio me lo promociona con mucho misterio, entre un show de Cristinito (Alexis Valdés) y una telenovela tan boba como las producidas por el ICRT (pero con factura infinitamente mejor, lo que a la postre resulta infinitamente peor).
Según mi vecino revendedor, que también se dedica a alquilar "materiales bajados del cable", yo debo andar ahora con "pies de gato". Tengo que cuidarme como "gallo fino" con mis "boberías publicadas en internet", pues en el video ya "hasta los yumas están hablando de los blogueros cubanos" y, según su experiencia en tanto bisnero profesional, "la moña suena súper-envenenada de politiquería".
Y no le falta razón. O, por lo menos, no le falla su intuición de sobreviviente a ultranza.
Es sabido que basta y sobra con unos pocos cubanos en cámara para reconstruir toda la sintomatología esclerótica de nuestro irreality show nacional. Así que el Canal 41 no tenía por qué ser la excepción. Y, en efecto, hubo de todo y para el vientre de todos: citas mal citadas e imprecisiones que dejan una impresión fatal (desde culturales hasta religiosas), argumentos en blanco y datos traídos por los pelos (o por los piojos), interrupciones ilegibles e interpretación a nombre del otro (¿el chanchullo súbito de la no-censura?), un síndrome de la sospecha complicado con paranoias paternalistas (¿todavía seguían atrapados en Cuba?), una gestualidad de guapería en traje y corbata más su rico toque de brujería ilustrada (¡cansa tanto el folklore!), amarillismo blonde de alto rating en lugar de una mínima conducción (aunque eso es preferible a las momias actuales de la TVC), y, en definitiva, la sensación de una olla de grillos que, entre cubanos, parece ser sinónimo de una saludable civilidad.
Acaso esté siendo injusto con mi descripción del debate (ojalá logre serlo del todo). Lo cierto es que, desde el inxilio de la madrugada habanera, tres veces seguidas hice correr aquellos devaneos entre cubanos del exilio, cuyos nombres me eran más o menos familiares, no así sus caras (la torpeza de la presentadora, por ejemplo, solo consiguió que me encantara aún más el candor slim de su biotipo).
Después desperté a mi novia como testigo. Volvimos a verlo todo del pí al pá (Cristinito cada vez más creativo respecto al resto de la cinta). Poníamos PAUSA y comentábamos cada sección. Nos cuidamos de sacar ninguna idea conclusiva. No jugábamos a hacer ninguna crítica audiovisual. La sensación era otra. Fuera mero entertainment o fuera Mesa Redonda seria (pero de signo opuesto a las oficiales en Cuba), cierto estado de desolación entre cínica y cómica nos consumió.
No sé. Tal vez fuera sólo cierta provinciana falta de entrenamiento con "las cosas y casos" del primer mundo.
En cualquier variante, nos pareció que esa era la arrebatada visión de Cuba TeVé que esperaba por nosotros en un futuro no tan democrático como demacrado (para no hablar de la ristra de comerciales tan pedestres como nuestra propaganda local, pero con más frecuencia de retransmisión). A ese careíto cariado le llamaríamos más temprano que tarde libertad de expresión. Con esos resentimientos biográficos y esos teléfonos colgados groseramente a la audiencia reescribiríamos muy pronto la contrahistoria de la Revolución (y, con suerte, la protohistoria de la República). A ese tira-tira de un gremio gris contra otro gris gremio se le llamaría pluralidad de criterios y no cretinismo: periodistas independientes "de a pie" presos versus glamour de blogueros con laptop por la calle del medio (¿en dónde cree usted que hay más infiltrados de la Seguridad del Estado?, entre otras encuestas encubiertas). A esa ignorancia ingeniosa y a ese desprecio literal por lo "literario" se reduciría en breve nuestro concepto de marketing. En cualquier caso, esa arrebatada televisión de Cuba TeVeré será la que, en tanto pueblo putativo, mañana nos mereceremos los zombis de hoy.
Al final, ya muy tarde, exhaustos de discutir entre los muebles de la sala (en especial, el televisor y el video troglodita), mi novia y yo nos tiramos sobre la cama sin podernos dormir. Ni siquiera teníamos ganas de amanecer haciendo el amor, como casi sin querer se nos ha ido haciendo costumbre, pues muchas veces trasnochamos con tal de habitar la Promisciudad de La Habana a la hora de su menor promiscuidad zoocial.
"A este pueblo le gusta leer muñequitos". La cita es de El juego de la viola, los violentísimos relatos de niños de Guillermo Rosales (1946-1993), escritor enterrado en La Habana antes de suicidarse desterrado en Miami: un exiliado total, según él mismo.
Eso. Niños ñoños que se aburren de las mismas ficciones fraudulentas a falta de alguna facción imaginativa posnacional: ¿con quién será el diálogo a ciegas de nuestra generación?
Eso. Ahítos de historietas hieráticas ya sin histología ni ilación; idiotizados de ideología indecente y diluidos por un panel prêt-à-porter de inmediatez no tan mediática como mediocre: ¿con quién será el diálogo de sordos de nuestra generación?
Eso. Comentarios comemierdas desde una blogosfera sin demasiada lógica versus una reporterística de repostería o, peor (perdón), de reporquería: ¿con quién será el diálogo mudo de nuestra generación?
Y nada de eso es culpa de alquilar cassettes VHS del ultramoderno Canal 41, ni tampoco de los 50 anquilosados aniversarios de Cubavisión. No sé. Tal vez sea sólo que cualquier evento me devuelve una y otra vez las mismas pulsiones patrias (pétreas, pútreas). Lo siento (aunque no tanto, en irrealidad). Tal vez yo podría buenamente evitarlo por escrito, pero sospecho que justo ahí radica mi mala intención radical.
