lunes, 7 de julio de 2014

FUROR Y DELIRIO




LOS LIBROS DE LA MUERTE CUBANA
Orlando Luis Pardo Lazo

Hay un género literario mucho más vivo que toda la literatura cubana, que, por cierto, desde hace décadas es ya un fenómeno más bien moribundo.

Ese género son los “libros de la muerte”, los libros escritos por los asesinos en serie de la Isla (con metástasis latinoamericana), como si fueran personajes perversos de un thriller ideológico llamado la Revolución.

Hoy, con 15 años de retraso, me animé a releer de un tirón uno de esos monumentos vitales a la muerte cubana: “El furor y el delirio”(Tusquets, 1999), del killer hijo de killer y asalariado de killers Jorge Masetti, cuyo destino de depresivo o de vedette best-seller hoy ignoro, pero cuya prosa admiraré siempre por su morbosa monstruosidad.

Este género grotesco no tiene límites, por eso es superior a cuanto puedan generar los autocensurados escritores cubanos. Aquí se combina un Edipo rocambolesco con el Macho-Jefe (o la Mafia en Jefe) con una frialdad que, para no reconocerse suicida, se convierte en criminal.

De un lado, el horror (más que el furor) de fallarle al Estado totalitario. Del otro, la debacle (más que el delirio) en que se sume la vida del narrador, girando en círculos de escualo sediento de sangre, a cambio de algún sentido para una existencia estéril, devaluada. Sin valor. Ni valores. La muerte como moral.

En esta lógica, quien es capaz de matar, es bueno y bello y tenía la razón. Quien se deja matar es frágil y feo estaba fuera de lugar y por eso mismo sobraba del mundo.

Estos serial killer actúan desde un solipsismo atroz, pero ni por un solo instante dejan de tener contactos con el complot continental. Y es aquí donde este género grosero brilla por su siniestra sinceridad: no hay política, ni arte, ni deporte, ni enfermedad, ni accidente, ni fama, ni fronteras, ni naciones, ni historia, ni memoria, ni identidad, ni nada que no sea pactado a priori por los héroes de la acción pura, por los matarifes pre-políticos en este caso del castrismo internacional (sea del signo que sea: el castrismo es el pluribus unum de nuestro tiempo).

Jorge Masetti narra entonces desde los huecos negros que los cubanos, como pueblo perdido, jamás sospecharíamos de no ser por obras así. Aquí oímos la cháchara del poder a perpetuidad. Espiamos los parlamentos de pasillos de los ministros del mal, que administran la muerte masiva a voluntad. Intuimos la inteligencia insidiosa, que traza el teatro de títeres que es nuestra biografía de ciudadanos de atrezo, tétricos. Nos damos cuenta de incontables cosas con “El furor y el delirio” y sus anagnórisis agónicas. Cosas literariamente incontables.

He aquí, por fin, la voz privada de la nación, su novela invivible, su quejido de cadáver íntimo e intimidante. Y gracias a este género entendemos, mucho más que su autor (que sólo cree haber hecho catarsis), que los cubanos que seguimos vivos seremos siempre cómplices o culpables, porque en algún punto muerto de nuestras vidas hemos sido perdonados por la Seguridad del Estado.

En más de un sentido, y de esto Jorge Masetti sí se da cuenta perfectamente, quien sobrevive es un traidor. Sus opciones son simples ahora (tal vez él ya eligió en estos 15 años de retardo en mi relectura): la locura o la santidad.

Después de la Revolución cubana, la muerte volverá a no tener ningún significado. El castrismo tiene, pues, un rol que cumplir a perpetuidad: dosificar el mal que los hombres le hacemos de gratis a los otros hombres y, de ser posible, precipitar la mano maléfica de dios, su furia deleznable para con quienes estamos aún vivos en tanto enemigos entremezclados.